Iraila, la queen.

Muchas veces, plasmar un recuerdo doloroso en palabras le da otro sentido a ese proceso de duelo… y si ese mensaje es compartido, expandido, es también una invitación para honrar colectivamente a ese ser que ha partido al más allá.
Graciela, integrante del Taller Francés Inicial del PEAM, Secretaría de Extensión Y Desarrollo de la UNRC, nos comparte de modo poético y amoroso su especial vínculo con Iraila.

IRAILA… La Queen

«¿De verdad ustedes quieren saber quien fue Iraila? La perra perfecta.

Antes, quiero aclarar que toda mi infancia, mi adolescencia,  mi vida toda no se puede concebir sin perros ni gatos a mi lado, amando a todos los animales por igual aunque a algunos me provoquen pánico como a los sapos o a las ratas. ¡Pobres!

Pero ahora toca hablar de Iraila, esa galguita inglesa que nació un 13 de julio del 2003 en un Baserri típico del País Vasco en el Pueblo de Munguía a unos 18 km de Bilbao. La conocí junto a sus 9 hermanos al día siguiente de haber nacido, estaba muy interesada en saber  cómo estaba su dulce madre Jaza a quien conocía porque éramos vecinos de caserío. Era de una ternura infinita y de una fidelidad inmerecida ya que su humano no era un ser muy agradable, pero, a pesar de él, una amiga y yo colaborábamos en su cuidado mientras el hombre trabajaba.

Cuando los peques tenían más o menos 45 días, comenzó a venderlos. Al no poder hacerlo con todos los cachorritos y por no querer responsabilizarse de ellos, los llevaría a la perrera de Bilbao, no sin antes regalarme uno de ellos, al agacharme con mis ojos llenos de lágrimas por no poder quedarme con todos, sentí un empujón y una mirada que me decía “soy yo a quien necesitas” y así me adoptó. La llamé Iraila, que significa septiembre, el mes que nos unió.

Poco tiempo después nos mudamos a Gorliz, una localidad bañada por el mar Cantábrico y comenzamos otro estilo de vida junto a Iñaki, pero ella seguía siendo mi perra, mi hija.

Ella adoraba correr sobre la arena mientras yo aprendía euskera dándole las indicaciones. Cada tarde sus amigas las gaviotas la esperaban para así poder jugar: ella las corría y las gaviotas levantaban vuelo, también la esperaba algún perro y un público que le mostraba su admiración festejando su destreza en las carreras por la playa, la filmaban y le sacaban fotos. A veces, frente al bullicio Iraila se paraba y miraba desde lejos como pidiendo silencio o tal vez para oír más claramente los piropos que sus admiradores le gritaban. Pronto se hizo popular, la gente de Gorliz, se refería a ella como “Iraila la galga de una argentina”.

Nuestra familia se fue agrandando poco con la  llegada de Izar, una siamesa de quince días de edad a la que Iraila adoptó y cuidó siempre. Así era la Queen, una grande en muchos aspectos.

Los fines de semana ella y yo  lo dedicábamos a viajar, por lo que demostró ser una gran y educada compañera. En cada ciudad ella brillaba como una estrella. La historia se repetía, las personas requerían fotos y ella posaba con su elegancia habitual pero siempre su mirada puesta en mí.

Luego nos fuimos a vivir a Bilbao por razones laborales mías y ahí se sumó a nuestras vidas Euri, un gatito abandonado al que Iñaki encontró.

El 19 de enero de 2011, estando en casa recibí la noticia que mi madre había fallecido repentinamente. Siempre pensé que Iraila comprendió  desde un principio lo que sucedía. Se paró junto a mí al escuchar mi llanto. Luego me tiré sobre el sillón y mis queridos cuatro patas me arroparon con mucho amor. Iraila apoyó su cabeza sobre mi regazo, mientras que Izar se apoyaba en mi brazo y Euri ponía su patita sobre mi cabeza.

En 2014, ya viviendo en Río Cuarto, la vida de mis hijos de cuatro patas cambió mucho, había un jardín del que disfrutaban los tres del césped y el sol. En cada paseo diario Iraila descubrió  que aquí también la gente se paraba a mirarla y elogiarla, los nuevos vecinos le decían “la elegante” y dentro de la familia, quienes decían no gustarle los animales, comenzaron a amarla.

Un 13 de agosto, ella se apagó  dejando un vacío indescriptible. Iraila fue un ángel que supo cuidarme con un  amor difícil de explicar. Amor y cuidado también para sus hermanos gatos. Era la jefa de la manada. Su presencia imponía un respeto impresionante, sin agresividad. Hasta sus últimas horas… fue una verdadera reina!!!»

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