El adulto interior

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25.09.2013 :       Sergio Sinay    Sergio Sinay en Revista Vivi Sophia

Sergio escribe para los que no se quitan años cuando le preguntan la edad, para los que no se visten de niños cuando son adultos pero especialmente para los que saben aceptar profundamente los eternos ciclos de la vida.

Graffitis-volver a ser niño

Volver a ser niños para creer de verdad”. Pintada en una pared frente al edificio en el que vivo, esta frase me saluda, desde hace un par de semanas, cada vez que salgo de casa. Está firmada por los alumnos de un colegio cercano. Es una de esas consignas que, antes de pensar mucho en ellas, nos parecen gotas de sabiduría. Suele ocurrir con las frases que incluyen las palabras “niño”, “niñez”, “infancia”, “juventud”. A menudo desconfío de ellas. Pareciera que despertaran automáticamente la nostalgia por un paraíso perdido, por fuentes de inocencia o de sapiencia natural irremediablemente irrecuperables. Pero, sobre todo, suenan incuestionables. Sólo un insensible se atrevería a discutirlas. Bueno, correré el riesgo.

En principio, la frase está firmada, como dije, por alumnos de un colegio, imagino que púberes o adolescentes. ¿Desde qué experiencia aún no vivida podrían afirmar ellos que un adulto no cree de veras en aquello en lo que cree? Quizás debieran esperar a su propia adultez y testimoniar entonces acerca de la sinceridad, honestidad o solidez de sus creencias. Acepto que muchas conductas de la sociedad adulta en la que viven y crecen pueden llevarlos a desconfiar de aquello que ven en los adultos y de la firmeza y fundamentos de sus convicciones. También a mí me ocurre. Pero acaso antes que proponer un retorno a la infancia sea mejor proponerse que, una vez alcanzada la adultez, vivirán con otras actitudes y valores, mejores, más trascendentes. De esta manera hay un proyecto, un futuro a modelar, una propuesta para la propia vida. De lo contrario, lo que aparece como futuro es el pasado. O la negativa a crecer. O el estancamiento evolutivo. Curiosamente, estas son características muy notorias de nuestra sociedad. Sin darse cuenta, pareciera que estos chicos ya las han incorporado y ahora las formulan como una consigna poética que seguramente despertará la adhesión de muchos adultos.

Si para recuperar valores y virtudes debemos regresar a la niñez, ¿cuándo terminaremos de ser adultos responsables, comprometidos con nuestra edad, con nuestro tiempo y con nuestro entorno? Personalmente no adhiero a las propuestas de conservar, enriquecer y adorar a nuestro niño interior. El tiempo de vida con el que contamos (aunque ignoremos cuánto es) se tiende ante nosotros invitándonos a desarrollar nuestras potencialidades hasta convertirnos en el árbol que estaba en la bellota que éramos al ser concebidos. Para que eso sea posible, es necesario que avancemos hacia cada etapa del ciclo vital, que las atravesemos y vivamos con conciencia, con atención, compromiso y curiosidad. Esas etapas se llaman infancia, pubertad, adolescencia, juventud, adultez, madurez, vejez. El orden no es caprichoso, cada una se nutre de las anteriores y ofrece nuevos desafíos, nuevas comprensiones, nuevos misterios y descubrimientos. Para experimentar a fondo su vivencia es necesario ir hacia ellas de frente, ofreciéndose, y con las raíces ancladas en lo ya vivido. No de espaldas, negándose, enredados en la telaraña de la melancolía.

La vida nos pide que, cuando seamos adultos, lo seamos con todas las letras y con todo nuestro ser. Lo mismo en cada etapa del desarrollo evolutivo. De tal modo, en esta fase es al adulto interior a quien hay que atender, escuchar, nutrir y honrar. Ser niños en la infancia, adolescentes en la adolescencia, jóvenes en la juventud, adultos en la adultez, maduros en la madurez y viejos en la vejez. Viejos, no “adultos mayores” ni “personas de la tercera edad”. Viejos, con todas las letras y todo el valor de haber estado presente de cuerpo y alma en cada una de las etapas anteriores. Es una manera de darle a la vejez su dignidad, a cada fase su valía y de quitarle a la infancia ese halo mítico de ser el reservorio de la sabiduría. Los niños creen como niños y creen en lo que creen los niños. Los adultos creen como adultos y creen en lo que han ido forjando a lo largo de su vida. A menos que, desesperados por la búsqueda de una eterna juventud, se nieguen a ser lo que son y luchen contra el tiempo de modo tan patético como infructuoso, para acabar desenfocados de su propio ser y a contramano de los eternos ciclos de la vida.

La frase que me saluda cada mañana desde la pared de enfrente parece decir algo profundo, pero a poco que se piense en ella termina por ser un malentendido. Los adultos que creen de veras en sus valores, en sus proyectos, en sus recursos, en sus sentimientos, los que convierten esas creencias en conductas y en acciones, son quienes, en definitiva, mantienen el mundo girando para que los niños crezcan en él. Para ser algún día adultos.

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María Cecilia Fourcade Galtier

Acerca de María Cecilia Fourcade Galtier

Nací un 7 de junio de 1959, en Río Cuarto, Córdoba; en la cuna de una familia numerosa; descendiente de franceses e italianos, Católicos, con una muy buena educación, costumbres y tradiciones familiares. Mamá de Santiago y Eloy. La música es mi motor. Desde muy niña, me gustó cantar, integrando varios coros de esta ciudad, haciéndolo hasta la actualidad. A los cincuenta años, me dedico a disfrutar de la vida, aplicando la experiencia del pasado, y haciendo las cosas que me apasionan; las que hoy comparto con todos Uds.-
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