¿Por qué ellos no hablan?

Es como sacar agua de las piedras. A los varones les cuesta expresar lo que pasa en su mundo interior.

Por: Viviana Alvarez y Carolina Cattaneo – Revista “Viví Sophia”

Para nosotras, ellos son los reyes del monosílabo, campeones del dígalo con mímica. “No sé”, “Nada”, “Me da lo mismo”. A veces, eso es lo máximo que podemos sacarles a los varones en una conversación que tratamos de que sea clave, reveladora. Ellos, en cambio, se sienten orgullosos de ser hombres de pocas palabras… justamente eso que nosotras nos saca de las casillas.    

Es un hecho; si de afectos se trata, los varones hablan menos que las mujeres y les cuesta expresar sus sentimientos mucho más que a nosotras, pero tienen códigos propios para comunicarse, para contar lo que les pasa y para asumir compromisos en la pareja. El desafío, entonces, será complementar nuestras características con las de ellos para lograr un dialogo en el que se encuentren las formas femeninas y masculinas, donde, además de las palabras, haya gestos, acciones y silencios.

Para empezar a transitar este camino que requiere apertura, comprensión y tener empatía para ponerse en el lugar del otro, hablamos con el escritor Sergio Sinay, quien nos aportó su visión como varón.

Los Acorazados

“Desde chiquitas, las mujeres tienen una relación de familiaridad con la palabra, que los hombres no tenemos. Ellas han sido estimuladas para decir siempre qué es lo que les pasa, lo que sienten y lo que necesitan. En cambio, los varones no fueron preparados para hablar de lo interior y solo hablan de lo externo, de lo social: pueden conversar de mujeres, de política, de tecnología, de deportes, pero rara vez cuentan qué es lo que les pasa”, opina Sinay.

En la mayoría de los casos, la dificultad que tienen ellos para expresarse no se relaciona con que no quieran hablar o estén cerrados a conversar, sino con un modelo de masculinidad que  sigue siendo dominante _ Y que se sostiene entre varones y mujeres_, que establece que los hombres tienen que dedicarse a proteger, producir y proveer. “Entonces, se convierten en alfabetos emocionales y un analfabeto no es aquel que no lee porque no quiere, sino porque no le han enseñado a leer”, explica el autor de La sociedad no quiere crecer y Masculinidad tóxica.

Este mismo modelo les exige a los varones ser precisos y eficaces. Para ser de esa manera, ellos deben evitar todo lo que los debilite; según la mirada masculina, las emociones los debilitan porque los hacen dudar, los dejan expuestos y sienten que pertenecen al universo femenino. Así, a fuerza de desconocer la sensibilidad como algo propio, muchas veces los varones terminan por no saber como manifestar lo que les pasa o lo que sienten.

“Hay una sola emoción que sigue siendo aceptable en el varón, y es la rabia. Un varón enojado no corre peligro de que se lo considere poco masculino, pero uno triste, que llora o que duda, es sospechoso aún para las mujeres que, al principio, pueden sentirse cómodas con él, aunque tarde o temprano le van a pedir que sea seguro y protector”, cuenta Sinay.

¿Qué pasa cuando los varones se animan a salir del caparazón que no les deja exteriorizar sus emociones?

Muchas veces lo hacen con una sensibilidad femenina, que no es propia de ellos, y aquí hay otro peligro para la pareja: que las mujeres adopten la figura de madre o hermana de sus maridos o novios.

Sinay plantea una salida: “Uno de los aprendizajes que debemos encarar los varones es averiguar cómo ser emocionalmente expresivos pero que no sea a la manera de la mujeres, sino a nuestra propia manera”.

Un trabajo arduo, pero no imposible, para un género al que le cuesta enfrentarse con su mundo interno. “Los hombres siempre tienen algo más importante que hacer, que les permite postergar el compromiso de empezar a trabajar en el campo emocional. Por eso, muchas veces vemos que cuando finalmente se han agotado todas las vías de comunicación y una mujer decide que así no puede seguir, el varón es el último en enterarse de que está divorciado. Una separación no es un terremoto; es un proceso que se va dando y que el hombre no registra porque no registra su lado emocional”, señala Sinay.

HECHOS… Y TAMBIÉN PALABRAS

Si queremos cambiar las cosas, parte del proceso implica mirarnos a nosotras. ¿Qué nos pasa a las mujeres ante el silencio y las evasivas de los varones para hablar?

Seguramente nosotras también tenemos algunas actitudes que podemos modificar para mejorar la comunicación.

“Algunas veces, cuando las mujeres dicen que los varones no hablan, en realidad, lo que están diciendo es: ‘No me dice lo que quiero escuchar’, y esto puede ser porque no les gusta lo que reciben o porque se dan cuenta de que el varón es muy vulnerable y ellas van a tener que contenerlos a ellos”, explica Sinay.

Como para empezar a acercarnos, las mujeres tendríamos que dejar de tener expectativas sólo en lo que los hombres dicen o callan y deberíamos empezar a prestar atención a lo que hacen los hombres.

“La mujer está pendiente de cuanto tiempo hace que su pareja no le dice que la quiere, porque las mujeres necesitan que les reafirmen las cosas todo el tiempo, y en este sentido, los varones son distintos. Ellos dicen ‘Te quiero’  una vez y, como no ha variado su sentimiento, no creen que tengan que estar repitiendo todo el tiempo algo que no ha cambiado”, explica el escritor, y agrega: “Para lograr un mejor dialogo, el varón tendrá que decir un poco más seguido cuales son sus sentimientos y la mujer tendrá que estar atenta para detectar de qué manera un hombre le demuestra que la quiere sin palabras. Esto incluye si la ha invitado últimamente a salir, cómo la trata, cómo la mira”. También, si él se da cuenta cuando ella necesita que la acompañe en momentos difíciles o si es capaz de postergar algo para compartir un momento juntos.

Para Sinay el amor no está compuesto por declaraciones, sino por acciones que requieren que uno mire al otro y vaya entendiendo sus necesidades en la forma que el otro necesita que sean atendidas y no cómo uno cree que deben ser atendidas. Para esto hace falta un diálogo mínimo.

“NADA”. “NO SÉ”. “ME DA LO MISMO”

Estas tres respuestas pueden llegar a ser una pesadilla para nosotras, pero para los varones son naturales porque, al igual que las mujeres, muchas veces no pueden expresar o identificar qué les pasa. “Una relación debe tener una base de confianza que le permita decir al otro: ‘No sé o no quiero hablar ahora’, que no quiere decir: ‘No quiero hablar nunca o no quiero hablarte a vos’. Los varones no sabemos decir esto porque nos movemos en un mundo que nos exige ser precisos y tener respuestas para todo, pero en el mundo de las emociones no tenemos respuestas inmediatas”, cuenta.

El escritor sugiere que, ante estas situaciones, se puede decir: “En este momento no tengo la respuesta pero me comprometo a hablar cuando pueda decir algo”, y ser honesto con esa promesa.

También debemos entender qué nos dicen los silencios. “Hay pausas que son confortables, que no son un puente que está levantado y por el que no se puede cruzar. Tal vez las mujeres tienen que aprender a aceptar el silencio y los hombres tienen que aprender a compartir una conversación. Dos personas que están seguras de su vínculo pueden quedarse calladas toda una tarde porque están juntas de verdad”.

Sinay considera que en estos casos hay dos actitudes que no ayudan: una es el cuestionamiento permanente de “por qué no hablás”, que lo único que logra es que el varón se cierre como una ostra, y otra es que las mujeres debemos evitar convertirnos en intérpretes porque nadie sabe qué es lo que pasa realmente en el interior de una persona.

MITOS PARA DEMOLER

Existen algunos mitos alrededor de la pareja que pueden traernos frustraciones. Dos de ellos son: que podemos cambiar al otro y que para tener una buena relación hay que hablar mucho. Sobre estos temas, Sinay también nos dio su visión.

“Los hombres no creen que puedan modificar a una mujer; más bien se preocupan de seducirla o conquistarla. En cambio, las mujeres invierten mucha energía en cambiar a los hombres y esto es algo que yo creo que no vale la pena porque las personas cambian cuando necesitan cambiar, cuando sienten que no dan más, pero no cuando otro se lo pide. Por otro lado _continua_, hay parejas que hablan mucho pero no dicen nada. Lo que importa es la calidad de la palabra y de los silencios. No hay que hacer generalizaciones de cuánto habla cada uno, hay que prestar atención a cómo hablan, cómo son cuando están juntos, qué acciones amorosas van declarando y construyendo”.

DE QUÉ HABLAMOS SI HABLAMOS DE…

¿Qué buscamos cuando hablamos con nuestra pareja? ¿Qué nos escuche? ¿Qué nos dé la razón? ¿Solucionar un problema? “Cuando un varón habla, trata siempre de ser preciso, de ofrecer soluciones, de que no parezca que no supo decir algo adecuado y, además, repite menos cosas _detalla Sinay_. En cambio, la mujer empieza con una pregunta para saber qué le pasa al hombre y al final no dice qué es lo que quería ella”. Así, las mujeres postergan sus necesidades en función de los varones que, además, tienen permiso para no hablar o para no escuchar porque son los proveedores económicos.

Según Sinay, este modelo convierte al varón en un acorazado y lo más peligroso es la creencia de que esta figura se está desarticulando, porque cuando esta idea se instala, es cuando más se fortalece.

Como para que sigamos pensando, reflexiona: “Pienso que las mujeres tienen que empezar a mirar más las acciones de los varones y ellos tienen que aprender a hablar y escuchar.

Los varones decimos que las mujeres hablan mucho. Sí, es cierto; hablan más que nosotros ¿Cuál es el problema? Son mujeres, no varones. Lo que no vale la pena es invalidar al otro. Al fin y al cabo, las diferencias son las que nos van a permitir crear un vínculo mejor, no las similitudes”.

Y vos, qué opinas?…

 

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María Cecilia Fourcade Galtier

Acerca de María Cecilia Fourcade Galtier

Nací un 7 de junio de 1959, en Río Cuarto, Córdoba; en la cuna de una familia numerosa; descendiente de franceses e italianos, Católicos, con una muy buena educación, costumbres y tradiciones familiares. Mamá de Santiago y Eloy. La música es mi motor. Desde muy niña, me gustó cantar, integrando varios coros de esta ciudad, haciéndolo hasta la actualidad. A los cincuenta años, me dedico a disfrutar de la vida, aplicando la experiencia del pasado, y haciendo las cosas que me apasionan; las que hoy comparto con todos Uds.-
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